Yo, espectador

 

Cosas que me pasan por la cabeza y por el corazón durante y después de asistir a un concierto.

 


UNA DIVERTIDA TRANSGRESIÓN

La serie “Duólogos” estará en Conde Duque hasta el 7 de abril; más info aquí

19 de enero, 2019 / por Juan Miguel Morales

50115393_2256092454649069_7918137235151519744_n

¿Cómo se sabe si un concierto ha tenido éxito? Habrá quien diga que solo hay que contar 20190117_222629el número de butacas vacías, y quien asegure que la calidad o el valor artísticos están por encima de la taquilla. ¿Pero qué se persigue cuando se ofrece un recital de piano con obras de Bach, por ejemplo? ¿El artista cumple con su misión solo con conseguir la excelencia interpretativa? ¿Y qué hay de los objetivos del programador, son los mismos? Para mí, una buena vara de medir el éxito de un concierto es el silencio del público. Eso sí, el silencio cuando corresponde callar, escuchar. Y desde que el jueves asistí al espectáculo del humorista David Broncano con Mario Mora al piano, he descubierto que el éxito de un concierto también puede estar en la risa.

Esta semana arrancaron los “Duólogos”, una serie de espectáculos ideada por Daniel Broncano (Daniel, no David), clarinetista de profesión y programador de vocación, que desde hace años busca nuevas vías para la música clásica. En su haber figuran un festival rural tan real como imposible, que convierte a un pueblo de apenas 1800 habitantes en una fiesta en la que en lugar de pasodobles suenan Beethoven, Schumann o Liszt, y un ciclo en uno de los parques científicos más importantes de Europa, al sur de Holanda, en el cual se combinan de manera natural música y ciencia en espacios abiertos e interiores del recinto durante unos días. Daniel está en una continua búsqueda de formas de traspasar y superar los límites que la música clásica siempre se ha impuesto. Y es que ya no parecen tener sentido los códigos formales que sustentaron el formato de concierto clásico desde su origen, a mediados del siglo XIX, cuando las salas de concierto se convirtieron en un lugar de encuentro de las clases dominantes. Ahora, esos códigos resultan una camisa de fuerza que está asfixiando a la música clásica, y solo el impulso renovador de algunos valientes como Daniel, David o Mario nos hace conservar la esperanza.

20190119_170106

El duólogo del otro día consistió en una alternancia de música y chistes. Mario Mora interpretó obras de Granados, Albéniz, Schubert, Satie, Brahms y Beethoven entre otros, con el rigor propio de un recital al uso, y David Broncano aparecía en las pausas entre una pieza y otra. En sus apariciones, David reflexionaba con mucho humor sobre las convenciones de la música clásica y las sensaciones que provocan en el gran público, el que no solo no está familiarizado con el género, sino que siente una natural aversión hacia él. Mientras disfrutaba de la función, me fijé en el bajo o muy bajo nivel de ruido que reinaba durante las interpretaciones de Mario: muy pocas toses, ningún caramelito, no sonó un solo móvil. Un nivel de ruido mucho más bajo que en el Auditorio Nacional, donde cabría esperar un público más ilustrado por más habituado a escuchar música clásica. Y también me fijé mucho en la media de edad, igualmente mucho más baja que la del Auditorio. Precisamente, uno de los mayores aciertos fue la elección de la sala, que favoreció la asistencia de público más joven, el de Conde Duque es un público abierto a propuestas diversas. El silencio del público siempre es un indicador de su atención, la mayoría de las toses no se deben a irritaciones de garganta sino a grietas en la capacidad de atención. El público que llenó la sala (hubo lleno los dos días) fue respetuoso y atento cuando había que serlo, consciente de que estaba ante algo grande cuando Mario tocaba algunas de las grandes obras del repertorio clásico, y se divirtió con David acompañándole en sus bromas y sus chistes con complicidad.

El “Duólogo” de David Broncano y Mario Mora fue una transgresión necesaria, una forma de demostrar que la fuerza del humor traspasa todas las membranas, por muy gruesas que parezcan, y que el arte no tiene nada que temer de la carcajada. Nunca.


CONCIERTO DEL DÚO HERNANDO-BAKHUASHVILI

David Hernando, saxo; Sandro’ Bakhuashvili, piano.
CC Galileo, 10-enero-2019

(próximo concierto en Guadalajara, el 7 de febrero. Más info aquí)

11 de enero, 2019 / por Juan Miguel Morales

Llevo unos años siguiendo al gran saxofonista que es David Hernando, aunque ayer fue la primera vez que le escuchaba en dúo con Sandro’ Bakhuashvili, con quien lleva un año colaborando con excelentes resultados, según pude comprobar.

Fue un programa muy equilibrado, como es habitual en los conciertos de David a los que he asistido: obras contemporáneas y del repertorio romántico y post-romántico intercaladas; obras para dúo de piano y saxo, seguidas de algunas obras para saxo solo o piano solo. Y tan solo una obra atonal, que fue una novedad para mí: el estudio de Lauba titulado “Balafón”, tremendamente interesante y cuya ejecución de manos de David me entusiasmó.

El concierto comenzó con una obra de Paul Dukas, su “Vocalise”, un arreglo del estudio original para flauta u oboe, muy evocador y de gran lirismo. Del resto de obras, no puedo mentir, siento cierta debilidad por Barry Cockcroft, y en especial por su “Melbourne Sonata”, de la cual solo escuchamos el primer movimiento en esta ocasión. Siempre me impresiona ver a David ejerciendo su dominio de la técnica de la respiración circular en esa obra.

Pero también fue estupendo volver a escuchar obras del jovencísimo compositor japonés Ryota Ishikawa: su “Rapsodia sobre Canciones Populares Japonesas”, e “Irlanda Floreciente”. Aunque cada una de ellas desprende aromas de un país distinto, los arreglos del piano comparten un mismo carácter.

El concierto se cerró con una propina que fue una grata sorpresa, pues descubrimos la faceta de Sandro’ como arreglista, a través de su arreglo de una obra de Vivaldi.

Os dejo una grabación de hace casi tres años de la Rapsodia de Ishikawa, en aquella ocasión con la excelente pianista japonesa Kayoko Morimoto.


“EN LAS ESTRELLAS”

Charla-coloquio en Hinves Piano Lab, 8 de enero de 2019

9 de enero, 2019 / por Juan Miguel Morales

Dice Zoe Berriatúa que la mayor y mejor capacidad del ser humano es la imaginación. Eso dijo ayer en el coloquio que tuvo lugar en el #pianolab de Hinves. Allí estaban algunos de los que tuvieron mucho que ver con la creación de la banda sonora de su última película, “En las Estrellas”, nominada a los Goya de este año, y con muchas posibilidades de ser premiada. Entre los tertulianos, su compositor, Iván Palomares, con quien Zoe se involucró como sospecho pocas veces un director de cine se habrá involucrado en la producción de la música original de una película. Lo interesante de la sesión fue conocer algo de ese misterioso proceso que es la creación, más aún cuando convergen diversas artes.

49938025_2249687345289580_6091317645062176768_n

Hay casos notables de directores que dan tanta importancia a la música de sus películas que llegan a componerla ellos mismos; en España, tenemos a Alejandro Amenábar. O que eligen con cuidado obras del repertorio clásico y las convierten en parte inseparable de escenas tan memorables como la de La Naranja Mecánica de Kubrick con la Novena de Beethoven. Zoe no escribe ni toca música, pero tiene una gran cultura musical, la música es para él mucho más que un acompañamiento. Él mismo eligió las piezas que componen la banda sonora de su primera película, “Los Héroes del Mal”, integrada por obras de algunos de sus compositores más admirados, como Schostakovic, Khachaturyan, Sibelius, Ravel, Purcell, Vivaldi…

A ese techo de estrellas inalcanzables tuvo que enfrentarse Iván, al de toda una miríada de grandes de la música que Zoe tenía como referencia. A las dificultades habituales de la composición para cine, se sumaron las de tener delante a un cliente entendido y extenuantemente exigente. Siempre resultan fascinantes los proyectos multidisciplinares, donde se maridan la Música con la Pintura, o con la Danza, o con la Literatura… o con muchas artes a la vez. Hay algo de mágico en el trabajo conjunto de creadores diferentes, y es interesante asomarse a ese proceso en el que sus lenguajes y sus ideas acaban ligando en una salsa exquisita que ninguno habría podido cocinar por separado.

En el cine ocurre algo parecido a lo que ha ocurrido en la Ópera muchas veces, pero al revés: frecuentemente era el libretista quien se esforzaba por adaptar el texto a los márgenes de la música. Pero, ¿qué importa qué fue primero, guión o música, cuando el resultado es bueno, cautivador, emocionante? La creación es siempre producto de la libertad, solo cambia el camino para llegar a ella. Como dijo Elsa Triolet, “crear es tan difícil como ser libre”, y esa necesidad de libertad que tiene el talento acaba por encontrar su camino. Como Iván y Zoe explicaron, tras trabajar un tiempo concienzudamente en correcciones y versiones, cuando parecía que habían llegado a un callejón sin salida, fue una improvisación espontánea la que les marcó el camino correcto. La libertad -y el oficio- de Iván y la inteligencia de Zoe para ver el brillo de un diamante.

Zoe cree que lo mejor del ser humano es su imaginación, su capacidad de inventar realidades. Y eso es el cine, que proyecta sueños en una tela para que inmediatamente pasen a formar parte de nuestras vidas. “Sueño con pintar, y luego pinto mis sueños”, decía Van Gogh. Esa es la forma más humana de vivir. La verdadera, la única.