Rosa Torres-Pardo en su estudio (fotografía de Álvaro Menéndez Granda)

Es Premio Nacional de Música, ha abierto caminos que ella misma continúa explorando, ha llevado la música y la cultura españolas por gran parte del mundo. Alterna conciertos de gran repertorio con proyectos multidisciplinares, y ve con satisfacción el impulso de los intérpretes actuales.

Para Rosa Torres-Pardo, el recital está en crisis. Por supuesto, se refiere al recital clásico de formato clásico: una señora o un señor bien vestido aparecen en escena con vestido largo o frac, saluda mecánicamente, se sienta frente a un piano, toca, vuelve a saludar y se va.

– Me he dedicado muchos años a conciertos con orquesta y de cámara, y llevo un tiempo observando que el recital está de capa caída.

Cuando llegué a la altura de su casa, la encontré en la calle lavando su coche ensimismada, manguera en mano. La saludé antes de que pudiera verme, y fue un error; aunque creo que el respingo que dio fue más por volver en sí que por mi voz, como el golpe que uno se da contra el suelo cuando se cae dormido de la cama.

– Tenía necesidad de ampliar fronteras con la Poesía, la Danza… No sé, me apetecía sacar los pies del plato, como me dijo alguien alguna vez.

– Y los has sacado muchas veces…

– Sí, claro. Te acostumbras y ya lo sacas todo el rato –reímos.

El estudio de Rosa tiene acceso directo desde el jardín. Es una estancia amplia en la que se reparten multitud de elementos; mucho más ordenada de lo que cabría esperar de un espacio de trabajo, aunque se trata de un orden natural, nada obsesivo. Un hábitat luminoso dominado por un Steinway y un Yamaha que respira sabor a hogar más que a lugar de trabajo.

Rosa es afable y generosa. Nos conocemos desde 2014 cuando yo, sin saber muy bien lo que estaba haciendo, la invité a un ciclo pequeño que programé para Juventudes Musicales de Alcalá de Henares. Acabamos recibiéndola a ella y a su música, y proyectando Una Rosa para Soler, el poético documental que dirigió Arantxa Aguirre, quien también nos acompañó junto a su equipo, y que produjeron Ángela Torres Alemán y la propia Rosa Torres-Pardo. Fue una ocasión especial que recuerdo con gratitud.

Me habla de los conciertos que ofreció recientemente en el Teatro de la Abadía y en el Corral de Comedias de Alcalá dentro de la programación del FIAS (Festival Internacional de Arte Sacro, Madrid). Espacios de teatro…

– Fueron conciertos de música clásica, pero también incorporaban la parte popular; flamenco y clásico español. El público nada tenía que ver con el que encuentras en el Auditorio, era gente con curiosidad. Otro espacio que se está abriendo es El Prado, donde también estuve tocando. Es público que me gusta mucho porque…

– …son más abiertos, ¿no?

– Sí, más abiertos, tienen un nivel cultural. Por ejemplo, en estos espectáculos del FIAS hice la gracia de lanzarme a cantar algo. Esto en el mundo clásico no está permitido.

ahora hay muchos buscando otros caminos.

En realidad, esa no fue ni mucho menos la primera vez que se aventuraba en ese territorio. En el disco que grabó junto a la mezzosoprano Marina Pardo, Caterpillar – Albéniz Songs, la acompaña con una voz sin impostar que algún crítico calificó positivamente de ”voz de jazz”. Claro que no todas las críticas fueron favorables.

– Me criticaron mucho por mirarlo desde otra perspectiva. A mí esa estrechez siempre me ha molestado, y a veces los límites nos los ponemos nosotros mismos. Tenemos que esforzarnos por romperlos y salirnos de los moldes, porque si te acercas a determinadas disciplinas como el jazz, entonces haces que la música respire un poco más y sea más libre, y que tú, como intérprete, te sientas bien recreando la música que, al fin y al cabo, es lo que hacemos los intérpretes. Porque si no, para ¿qué estamos?

Ya hace años, en una entrevista de Jesús Ruiz Mantilla, la pianista habló de la libertad del intérprete: Perder el miedo es conquistar la libertad. Ahí empieza la auténtica interpretación, dijo.

Y añade:

– Pero ahora, por suerte, se ha convertido en algo normal. Hay muchos buscando otros caminos.

Me da todavía un ejemplo más: en la película sobre Granados, con dirección de Arantxa Aguirre y de la cual Rosa es Productora, Arcángel canta El amor y la muerte, una de las piezas de Goyescas la cual da título al largometraje.

– He visto esa película con personas que jamás tolerarían una transgresión semejante. Pero cuando hay arte y el resultado es genial, no les queda más remedio que rendirse. Alguien tiene que tomar esos riesgos, aunque a veces solo sea para decir ”no, por aquí no”.

tenemos que aprender del teatro y la danza.

Rosa me hace sentir cómodo. Me ha cedido un lugar en el sofá y ella está sentada en una silla con el Yamaha al fondo. Me ha traído una tónica y algo de picar en una bandeja.

– Parece que la música clásica estuviera en un compartimento aparte del resto de géneros, alejada del flamenco, el jazz o la copla, cuando en realidad la clásica también tiene una raíz popular importante…

– Claro, pero al estar escrita es como si no pudieras salirte de ahí. Tiene que ser esa nota y no otra, los mismos acordes etc, y eso te coarta. Aunque ojo, a mí me gusta también volver a las formas clásicas, para mí mantener ese equilibrio es importante.

– Y hay otras formas de romper con las formas de siempre, como la escenografía y la interpretación…

– Sí, y eso se aprende trabajando con gente del teatro. Ves que se rompen la cabeza para encontrar diferentes formas de interpretar algo, la parte creativa es muy importante. De ahí tenemos que aprender, se pueden mirar las cosas desde muchos ángulos. Por ejemplo la danza, imagina si hay formas de coreografiar lo mismo, y todas válidas. De esto nos podemos beneficiar los intérpretes.

– Y el público lo agradece.

– Claro. Ahora está muy de moda lo de explicar, a poco que les des escuchan de otra manera. Eso es una maravilla, como cuando en el Teatro Real te explican una ópera, el disfrute es mayor.

A Rosa le suena el teléfono varias veces y se disculpa. Son días de cierre de trimestre y su gestor contable la requiere, de esas llamadas que no pueden dejar de atenderse. Por suerte, nos resulta muy fácil retomar la conversación donde la dejamos. Continuamos hablando de la conexión con el público.

– Un aspecto que interviene en la comunicación y que generalmente no se cuida lo suficiente es la iluminación. La primera vez que hice algo con José Luis Gómez yo estaba entusiasmada: poemas de Valente con música de Debussy… Pero no había manera de ensayar, porque a él parecían preocuparle solo las luces. Cada vez que quedábamos para ensayar se entretenía con la iluminación, y no sabes qué nivel de exigencia. Yo llegué a desesperarme, porque el tiempo pasaba y no ensayábamos. Y cuando vi la importancia de las luces, el ambiente que se creaba, lo comprendí.

Se lamenta de que con frecuencia los escenarios de música están mal iluminados, al contrario que en el teatro o la danza, donde los directores de escena tienen un concepto integral del espectáculo.

– Cuando has trabajado de esa manera no puedes dejar de pensarlo así.

las formas estrictas del concierto clásico juegan en nuestra contra.

– La comunicación con el público, ¿se establece mejor o peor en España que en otros países?

– La preocupación por la comunicación es global, se hacen intentos y experimentos en todas partes. Todos buscamos salidas nuevas, no solo por la necesidad artística, sino por innovar. Las sonatas de Beethoven ya las han tocado muy bien Baremboim y otros como él, y no veo por qué debería volver a tocarlas yo, aunque se me da muy bien −ríe− y puedo hacerlo de vez en cuando. Uno tiene que preguntarse «¿qué hago yo mejor?», «¿qué espacio busco?». Imagina que en determinados círculos solo gustan cuatro pianistas, todavía te queda la opción de hacer como Clint Eastwood, que produce, dirige y escribe sus películas, e incluso aparece como actor en ellas. No está esperando a que nadie le ofrezca una oportunidad, y eso mismo podemos hacer nosotros.

– Y, ¿qué importancia tiene la diferenciación para un intérprete?

– Es fundamental. Ahora enseñan en los conservatorios a difundir el trabajo, a especializarse en algo. Yo les digo a los jóvenes que piensen si pueden vivir sin la música, y que a continuación se pregunten qué es lo que hacen realmente bien, y qué están dispuestos a sacrificar. Ahora hay muchos músicos que hacen lo que hago yo pero con una energía, una determinación y una preparación tremendas. Yo también sigo ahí con mucha fuerza, aunque a veces me canso…

Pensando en las diferencias con otros lugares del mundo en cuanto al nivel de educación, me habla de Praga. En cierta ocasión, mientras estudiaba Rachmaninov con las ventanas abiertas se asomaron unos albañiles que trabajaban fuera y le pidieron que tocara algo de Beethoven.

– …y yo pensé, ”¡esto no me pasaría en España!”.

– ¿Cuáles crees que son los mayores enemigos de la música clásica?

– Bueno, en realidad ¿por qué la gente no se atreve a entrar en un concierto? Es por falta de educación, mucha gente no conoce la música clásica porque en su casa nunca se ha escuchado. Pero nosotros también tenemos nuestra parte de responsabilidad, con esas formas estrictas que imponemos.

– Y, ¿realmente desconcentra tanto un aplauso?

– A mí me encanta, aunque sea en medio de una obra. Pero es muy distinto el aplauso que se provoca porque algo ha gustado de verdad, del aplauso entre un movimiento y otro de un público que no sabe nada.

llevamos la sala de conciertos a un ambiente rural durante 17 años.

Me interesan mucho las inciativas que sacan la música de los auditorios, y le pregunto por Música en las Fábricas, el proyecto que promovió junto a Antón Saracíbar.

– Estas cosas surgen generalmente en conversaciones con amigos. Antón era Presidente de la Fundación Largo Caballero, y un día, por la experiencia en Robles [de Laciana], donde venía mucha gente de la mina, se nos ocurrió llevar el piano a las fábricas. Interrumpíamos el horario de 12 a 13. Ellos estaban con sus monos de trabajo, era un contraste tremendo, y se quedaban fascinados. Muchos se acercaban para saber más, algunos de sus hijos estudiaban piano o cantaban en el colegio. Era un modo de que se interesaran más por nuestro mundo, algo que no estaría mal repetir y hacer continuamente.

Y concluye con una mezcla de nostalgia y alivio:

– …aunque es un esfuerzo.

Vuelve a sonarle el móvil, es una conversación muy corta y continúa.

– Recuerdo que una vez llevamos el piano a los hangares de Iberia, quedaba tan pequeño al lado del avión… La acústica a veces no funcionaba, se oía el ruido de una grúa o cualquier otra cosa mientras tocaba, pero la experiencia resultaba muy interesante y a la gente le encantaba. Esto duró unos tres años en en fábricas de acero, en talleres de metro, de Renfe, estaciones, hangares… Se acabó cuando se fue Antón de la Fundación, a veces los proyectos dependen de una sola persona.

Seguimos hablando del festival que codirigió junto al pintor y escultor Eduardo Arroyo en el pequeño pueblo de Robles de Laciana, al norte de León, durante los 17 años que duró. Esta vez la nostalgia se acentúa en su relato, probablemente por la añoranza de un amigo perdido: Arroyo falleció el año pasado.

– Eduardo movilizaba al pueblo y yo a los músicos. Eran conciertos gratuitos donde nadie cobraba, una experiencia que todo el mundo quería repetir. A mí me dio pena cuando se acabó, porque mucha gente venía de muchos lugares al festival. Locales y foráneos se quedaron sin ello.

Y vuelve la sonrisa a su rostro cuando evoca el ambiente del festival:

– A Robles llevábamos música clásica, lírica… Todos salíamos como si estuviéramos en un gran auditorio, vestidos de gala, y era un gran contraste en aquel ambiente rural. Era como llevar la sala de conciertos con nosotros.

el concierto que no emociona, se olvida.

– ¿Crees que los programadores buscan algo diferente de lo que la gente generalmente asocia a la música clásica?

– Es que no queda más remedio. Por ejemplo, Miguel Ángel Marín, Pepe Mompeán y Paco Lorenzo están haciendo una labor estupenda, abriendo sus programaciones. Cada vez hay más programadores importantes de música clásica que ya no se interesan tanto por programaciones de gran repertorio en formatos tradicionales.

Rosa recuerda con cariño su programa ”España Flamenca” que la Fundación March le encargó y que hizo junto a la cantaora Rocío Márquez. Pero también me habla de la audacia de la programación del FIAS. En la próxima temporada del CNDM recientemente presentada, Rosa tiene una aparición en torno al Cabaret y la música de entreguerras junto a Clara Muñiz, con guión de Luis García Montero (Auditorio Nacional, 5 de mayo de 2020).

– ¿Qué diagnóstico haces de la situación de la música clásica en España?

– Ahora estoy muy contenta porque en experiencias como la del FIAS, en el que todos los conciertos se llenan, he visto un público estupendo, y creo que es resultado de una labor de captación de nuevos públicos. Al ver esto, me lleno de optimismo, pienso que se están haciendo bien las cosas. Lo mismo con la Fundación March, con las salas siempre muy llenas. Recuerdo los conciertos que hacía con la bailaora Lola Greco, piano y danza; venían un montón de niños y niñas bailarines que acababan incorporándose a la música clásica también. Y ese tipo de cosas puede que esté dando sus frutos, así que ahora mismo me siento más optimista, y conviene: tener una visión positiva atrae cosas buenas.

Por otro lado, tengo la impresión de que las grandes salas siguen siendo muy tradicionales en cuanto al enfoque de su programación, y que los músicos jóvenes con ideas tienen difícil acceso a ellas con propuestas innovadoras.

– Sí, así es. Suelen ser espacios cerrados, con un mismo público, los mismos intérpretes, y eso no llega a la gente porque en los grandes medios de comunicación no se cuenta. No hay espacio en los medios generalistas para la música clásica, para contar cosas como lo del FIAS. Aunque Rocío Márquez sí salió en televisión, fue algo más bien aislado. Pero la historia de los tres conciertos simultáneos en El Prado no la he visto en ningún lugar de la prensa, y fue algo único.

– ¿Qué crees que debe tener un concierto para ser un buen concierto, aparte de la calidad interpretativa?

– Tiene que emocionar, no debe dejarte indiferente, debe darte la oportunidad de aprender algo. A veces uno sale de un concierto y se le olvida enseguida. Más vale dar solo una o dos cosas pero emocionar, para que quede el recuerdo de esa emoción. A mí me gusta mucho cuando alguien me dice «recuerdo aquella vez que hiciste…».

Ciertamente, la música es un arte efímero, más que las esculturas de arena que hábiles artistas construyen con paciencia en la playa cada verano. Es efímera la música, pero su persistencia puede ser como la de la huella que dejan algunas personas: para toda la vida.

Rosa Torres-Pardo es una de las más renombradas pianistas españolas. Obtuvo el Premio Extraordinario Fin de carrera en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Tras estudiar en España con Joaquín Soriano y Gloria Olaya, amplió sus estudios con María Curcio en Londres, Adele Marcus en The Juilliard School of Music en Nueva York y Hans Graff en Viena.  

Ha recibido diversas distinciones y premios a lo largo de su carrera, como el premio Masterplayers International Piano Competition en Lugano (Suiza) o la medalla Isaac Albéniz por la interpretación y difusión de Iberia (galardón que recibió junto a Alicia de Larrocha). Debutó en el Teatro Real de Madrid en 1987 con la orquesta alemana Philharmonie Hungarica bajo la batuta de Jean-Bernard Pommier, interpretando el Tercer concierto de Prokofiev.

A partir de entonces ha aparecido en los más importantes escenarios junto a prestigiosas orquestas, como Los Angeles Philharmonic en Hollywood Bowl, Royal Philharmonic de Londres, Orchestre Symphonique de Montréal, Philharmonisches Staatsorchester Hamburg, St. Petersburg Philharmonic, Rundfunk-Sinfonieorchester Berlin o los Virtuosos de Moscú, por citar sólo algunos. Ha trabajado con directores tan reconocidos como Charles Dutoit, Vladimir Spivakov, Tamás Vásáry, José Serebrier, Yuri Temirkanov o Jean Fournet, apareciendo en salas y teatros como el Carnegie Hall y Alice Tully Hall de Nueva York, Kennedy Center de Washington, Wigmore Hall de Londres, Konzerthaus de Berlín, Musikhalle de Hamburgo, Teatro Colón de Buenos Aires, Hong Kong City Hall, Sala de las Columnas de Moscú, etc. Asimismo, ha realizado actuaciones con Plácido Domingo en Estados Unidos y conciertos y recitales en España con las más importantes orquestas del país. Igualmente ha realizado giras de conciertos en América, Australia, Asia y Europa. Ha colaborado con grupos de cámara como los cuartetos Melos, Assai y Janáč ek y con cantantes como María Bayo, Marina Pardo o Isabel Rey.

Rosa Torres-Pardo ha grabado para sellos discográficos como Decca, Deutsche Grammophon, Calando, Naxos o Glossa. Destacan entre sus grabaciones Goyescas de Granados, Ballets Rusos (Prokofiev y Stravinsky), Concierto Breve de Montsalvatge y Rapsodia de Albéniz junto a la Orquesta Sinfónica de Tenerife, Concierto de Nin Culmell con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla o el Concierto no. 3 de Balada con la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya. Recientemente ha grabado Tangos, habaneras y otras milongas para Deutsche Grammophon, Las horas vacías de Ricardo Llorca con la New York Opera Society y los Quintetos de Antonio Soler para Columna Música.

En los últimos años, Rosa Torres-Pardo ha colaborado en diversos proyectos interdisciplinares, como la película musical Iberia, de Carlos Saura, Albéniz, el color de la música de José Luis López-Linares o La vida rima, junto a la cantante Ana Belén. Ha producido y protagonizado los documentales Una rosa para Soler El Amor y la Muerte,  sobre el Padre Soler y Enrique Granados, dirigidos ambos por Arantxa Aguirre. 

Entre sus próximos compromisos se encuentran conciertos con la Orquestra Simfònica del Vallès, recitales en Nueva York, Brasil, Ankara, Madrid, etc.

Rosa Torres-Pardo ha sido elegida entre las Top 100 Mujeres Líderes en España en 2017, es Artista Residente de la New York Opera Society, miembro del patronato del Instituto Cervantes y Premio Nacional de Música 2017.

Más información sobre Rosa Torres-Pardo:
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Próximo Encuentro L3p con ANA GUIJARRO, Pianista y Directora del RCSMM (Real Conservatorio Superior de Música de Madrid).

Martes 25 de junio, 19:30 en Hinves Pianos #Pianolab

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